28 feb. 2011

4 errores en la estrategia de márketing de una bioempresa

Foto: Juan de Dios Santander Vela
Siempre os lo recordamos: la parte bio de la bioempresa no suele tener fallos. La parte de empresa, no obstante, es la que estropea muchas veces las cosas por falta de experiencia y estrategia (porque el laboratorio y el mundo empresarial son mundos distintos). Pero en esta segunda vertiente, la empresarial, no todo es hacer números. Llevar nuestra bioempresa al éxito depende también en parte de tener una buena estrategia de marketing. Y antes de explicar qué debes hacer, te explicaremos cuáles son los errores más comunes:


  1. Inexactitud. O, lo que es lo mismo, que las expectativas que creas en tus clientes no se correspondan con la realidad. No se trata solo de que la publicidad diga o no la verdad (que debe decirla), sino cuidar pequeños detalles de cara al público. ¿Quién coge el teléfono? ¿Qué pasa si escribo un mail a la bioempresa? Todos estos aspectos deben trabajar en transmitir una misma imagen.
  2. Mala comunicación. Olvida los tiempos de la comunicación de uno a muchos. Ahora esos muchos pueden contestar, y tú debes escucharlos. Haz caso al feedback de los clientes y contesta tú cuando se dirijan a ti. Recibirás información muy valiosa que te ayudará a mejorar tus productos o servicios, y mejorarás tu imagen al asegurarte de que siempre te entiendan.
  3. Autocomplacencia. El gran peligro de las marcas ya consolidadas: sentarse a disfrutar de su éxito olvidando que el mercado se mueve a un ritmo vertiginoso. Hay que mantener el dinamismo, a la vez que el espíritu y los valores de la marca continúan siendo constantes.
  4. Inconsistencia. La estrategia de comunicación debe ser consistente y estar bien planeada: todos los agentes implicados en la compañía deben recibir la información en el momento y por el medio adecuado, para lo que hay que planear bien caminos y tiempos. La comunicación interna es tan importante como la externa, no lo olvides.

Por supuesto, solo con esto no será suficiente, pero está bien para empezar. Antes de pensar en cómo hacer las cosas bien (que sí, es muy importante), hay que tener muy claro qué sería hacerlas mal. Saber qué no hay que hacer es más importante de lo que solemos creer.

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